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| por Andrés Garrido | |||||||||
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En política, los principios se sacrifican al servicio de los fines: cuando no valen unos principios, hay que cambiarlos por otros, y punto. Si, al dar el cambiazo, te equivocas de principios, no alcanzarás tus fines. A Manuel Zelaya, presidente electo de Honduras, terrateniente que gusta de tocarse la cabeza con sombrero de cowboy y gastar bigote de galán de musical mexicano, lo han apeado de su cabalgadura presidencial por cambiar los principios de los ricos por los de los pobres. Hablaba de reformas para conseguir que los pobres comiesen. Las reformas pasaban por quitar un poco a los pocos ricos, aunque sin pasarse, para repartirlo entre los muchos pobres. A Zelaya también se le ocurrió decir que el problema, en Honduras, es que los ricos no quieren ceder ni una migaja. Así que, para legitimar futuribles reformas económicas y políticas, al presidente se le ocurrió consultar al pueblo, o sea, a los pobres. La consulta consistía en preguntarles si querían ser preguntados. Y esto ya es preguntar demasiado, porque en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Nicaragua, en Paraguay, en El Salvador, en demasiados etcéteras Latinoamericanos, ha quedado claro que los pobres quieren ser preguntados y, lo que es peor, aciertan con sus propias respuestas. A Zelaya, aunque se vistiera de cowboy del far west, los yankis empezaron a verle las plumas de indio asomando por debajo de un sombrero con alas de libertad. Así que los militares, al servicio de la oligarquía; los oligarcas, al servicio del Gobierno estadounidense; y el Gobierno estadounidense, al servicio de las compañías transnacionales con intereses en la zona, cortaron la cabellera al indio disfrazado de cowboy, al cowboy con alma de Robin Hood: a Manuel Zelaya, un rico con corazón de pobre. Y es que lo que termina de arruinar a un político, no son sus buenas o malas intenciones, sino expresarlas. La política es el coto de caza de quienes se declaran vegetarianos, el campo de batalla de quienes se dicen pacifistas, la cárcel de quienes aseguran amar la libertad, la noche de quienes cantan las glorias del día, el Hiroshima de quien ya está pensando en Nagasaki, la paz de los cementerios, el golpe de Estado de los demócratas turiferarios. Queda por ver si, tras su retorno al país y refugio en la embajada brasileña en Tegucigalpa, Manuel Zelaya conseguirá ser asesinado por sus enemigos o, volviendo al redil cual oveja descarriada, firmará con ellos un compromiso que devuelva a cada uno lo suyo: a los ricos el presente y a los pobres el futuro.
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