Hugo Chávez ha recomendado las duchas de tres minutos para controlar el gasto de agua potable durante la sequía que afecta a Caracas.
Como no podía ser de otra manera, la atención impúdica se ha centrado en la duración de las duchas del presidente, y no en las medidas de restricción y de suministro que se están llevando a cabo.
Dicen que está interfiriendo en la intimidad de los venezolanos, como si se estuviera metiendo en la ducha con ellos, enjabonándolos y aclarándolos en tres minutos, y luego sacándolos a empujones socialistas, sin posibilidad de toquetearse un poquillo, que es algo que ayuda mucho a sobrellevar las duchas frías de un gobierno popular.
Cortándoles el chorro a los ricos, Chávez está consiguiendo que huelan al compañerismo que les faltaba.
Y es que los ricos se han unido para defender su derecho al jacuzzi y a dormir debajo de la ducha.
Que para el pueblo el jacuzzi sea un sueño y la ducha una pesadilla, no ocupa ni preocupa a quienes piensan que la libertad tiene un precio y arréglatelas para pagarlo.
Los ricos venezolanos, quiere decirse los venezolanos ricos, que tampoco son tantos, miran mucho a Estados Unidos y a Europa, pero no toman ejemplo de Nicolás Sarkozy, que gastó 245.000 euros del erario público en una ducha de lujo y no pasó jamás por ella, no sabemos si para ahorrar agua después de despilfarrar dinero o, simple y sentimentalmente, porque le faltaba un Chávez que lo metiese dentro.
Que un presidente de gobierno en Venezuela se duche a lo pobre parece que molesta; que Sarkozy no se duche a lo millonario, también.
Pero el problema en Caracas es el agua que se gasta en la ducha y no quién se mete o se deja de meter dentro.
Chávez quiere que el país bañe la conciencia en tres minutos, y se ríe de sus enemigos hasta cuando se enfada, porque sabe por adelantado que mil ochocientos segundos no dan para reblandecer tanta roña insolidaria.
Sus enemigos, en cambio, se enfadan hasta cuando se ríen, y quisieran meter a este hombre en una ducha… pero de gas Ciclón B.
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